jueves, 28 de julio de 2011

ESCRIBIR/PUBLICAR

(Apuntes de pretensión psicoanalítica
en torno al Acto de Escritura)

     Francis Bacon. Figura escribiendo reflejada en un espejo. Óleo sobre tela. 1976

                                                                                                                                        
Por Armando Almánzar Botello.


“Sueño con una prosa poética y clara de ritmo tan ligero y sutil, como el de finos pececillos moviéndose en el rubor del agua más diáfana, pero capaz también de respirar poderosamente buceando en las zonas abismales del ser, y de dar, en el oscuro mar del pensamiento, consistentes aletazos de cetáceo...

Y sueño también con la escritura del águila, con la prosa carnívora del tigre luminoso en la floresta, con el vuelo de la mariposa que traza con sus alas, en la blancura inmemorial de la página y su temblor atónito, la evidente maravilla escrita de la sabiduría recóndita”…



El acto de escritura, para el sujeto que lo consume (y hablo aquí del acto de escritura como Georges Bataille hablaba del acto de la carne) constituye una experiencia privilegiada de auto-expropiación.

Ese acto escritural encarna, en su amenazante ambigüedad problemática, una objetivización y un espaciamiento percibidos por el “yo” como castrantes, porque rompen con la presunta inmediatez de la consciencia, con la intimidad clausurada de la voz como órgano imaginario de apropiación.

En ese contexto, decía Octavio Paz a propósito de Stéphane Mallarmé: la negación parcial de “sí mismo” (a través de la escritura) es la condición previa a la erección de la obra.

Inversamente, por medio de la voz (foné), me presento (me represento) un saber inmediato como garantía de mi identidad, y que marco sintomáticamente bajo la especie de “lo propio”.

Ilusión trascendental de la experiencia de la “mismidad” en la voz: autonomía fantasmática de un “yo fuerte” no afectado por la “esquizia” (una suerte de disociación de la subjetividad relacionada con la Spaltung, con la división del sujeto, pero no exactamente igual a ella), la castración, la diferencia y la muerte.

La experiencia de la escritura, por el contrario, disuelve o problematiza todas las consistencias imaginarias del sujeto, todos los “puntos de almohadillado”, esos que Jacques Lacan denomina points du capiton, o puntos de la cadena significante en los que ésta detiene su movimiento para producir la ilusión necesaria de un sentido (Sinn), fijado como significación estable (Bedeutung).

Atravesado por la voluntad de hipostasiar o esencializar esos puntos de suspensión provisoria del deslizamiento significante, el sujeto gobernado por lo imaginario se empeña vanamente en erigir un Significado Trascendental fuera de texto.

Por ello, al jugarse con intensidad en la escritura, este sujeto realiza una especie de experiencia pavorosa de la desubjetivación y el descentramiento: se descubre, con más fuerza que en la oralidad, como ser de lenguaje, errancia perpetua, residuo en proceso, sujeto tachado y constituido por el significante que insiste.

Esta experiencia, degradada en fantasía de catástrofe, comanda la renuencia neurótica del “yo” a practicar la escritura realmente transformativa. De ahí la resistencia que le plantean al sujeto sus propios mecanismos yoicos de defensa, cuando desgarra en el acto de lecto-escritura las codificaciones y pretiles de seguridad convencionales.

En ciertos casos enigmáticos, el sujeto imprime unas variantes perversas al decurso de esta lógica: escribe en sentido fuerte, sí, se inscribe como errancia en el texto, desplaza la arrogancia y los límites de lo simbólico-tético, pero luego oculta lo escrito, borra el resplandor del gesto, escamotea la materialidad de la escripción exteriorizante (ex-cripción) que podría revelar la palpable división de su ser.

El hurto que hace el sujeto de SU PROPIA escritura, se traduce entonces en negativa a publicar lo ya escrito. Renuencia a realizar vínculo social a través de la circulación de su texto. El paradigma moderno de ese tipo de escritor lo fue Kafka, quien pidió a su albacea Max Brod la destrucción póstuma de toda su obra.

En otro caso más común (inverso a la estrategia anterior), el yo, engolosinado consigo mismo, “publica” sin haber escrito verdaderamente. Confunde la escritura, la práctica transformativa de textos que disuelve y/o problematiza la compacidad mítica de lo imaginario, con la facticidad de la simple escripción, con el hecho trivial de transferir “intactos” a la superficie de la página sus desconocimientos, infatuaciones imaginarias y fantasmas de “sujeto que se supone sabe” (sujet supposé savoir): engreída ingenuidad de un balbuceo solipsista.

Por las vías de lo que rigurosamente podemos llamar renegación perversa de la castración, borradura de la falta en el Otro que amenaza desde la “extimidad” del inconsciente, este “yo de la consistencia imaginaria” produce una escripción ideológica como espejo que lo suspende en la ilusión trascendental de la reapropiación (con plusvalía) del sí-mismo, en el juego especular y gratificante de la recepción gloriosa de "su" escrito...

Conducido por esta coartada al circuito intramundano producción-mercancía-consumo, el seudo-sujeto de la mala fe escritural (llamémosle así provisoriamente), utiliza lo que escribe como vehículo narcisista de autopromoción, como bálsamo de letras que recubre sus más hondas carencias y minusvalías psico-sociales (Adler), como objeto privilegiado en las luchas descarnadas de puro prestigio.

Prosiguen entonces, bajo formas canallas, renegadas (Verleugnung) y muchas veces abyectas, los resentimientos, rivalidades, rapiñas y envidias de clase.

No digo que la personalidad biográfica del sujeto deba considerarse ajena al proceso de producción de la obra, sino que esta personalidad, si de la obra como valor se trata, no “pasa intacta” a la superficie operante del texto y a su estratificación semiótica.

Como ya han señalado las reflexiones de Barhes, Sollers, Lotman, Meschonnic, Deleuze, Pareyson, Eco, Bousoño, etc; se requiere una suerte de contra-efectuación y objetivación de los fantasmas y accidentes que constituyen la formalidad primaria del yo empírico-biográfico, para desprender (polarizando esos elementos, interpretándolos y seleccionándolos) lo que Gilles Deleuze denomina la cuasi-causalidad de la obra como cuerpo erógeno y forma-sentido.

En esa dimensión meta-biográfica, el texto se afirma en su autonomía relativa. Se despliega en la superficie metafísica incorporal e impersonal del acontecimiento-sentido (Deleuze: Lógica del sentido) problematizando y “des-estrechando” el campo de lo simplemente biográfico-especular.

De ese modo el sujeto construye el “suspenso vital” que define a la formatividad (Pareyson) específica de un texto artístico.

Sólo bajo el estatuto de “resto”, el yo biográfico se insinúa en el espacio propio de la coherencia interna de la obra.

Correlativamente, el yo biográfico se ve imantado y modificado por el núcleo ardiente de la obra en curso (o ya articulada) en tanto que el sujeto de la escritura que de él se desprende para fundar el espacio virtual donde se despliega el texto, participa de una enunciación inconsciente y de la tensión contemplativa de una consciencia alterada que obligan a ese yo a reformular sus límites imaginarios, estrategias y protocolos mundanos…

Pero existe otro dispositivo de la mala fe que intenta borrar la transformación subjetiva y el descentramiento del sujeto producidos por el acto de auténtica escritura.

Aludimos al expediente perverso que se despliega en la voluntad de “acompañar demasiado lejos a la propia obra” después de articulada, negándole de un modo sintomático su relativa autonomía por medio del recurso a un metalenguaje obsesivo y vigilante, esgrimido en múltiples escenas, y que traduce, casi siempre, un oscuro deseo padecido de reapropiación  narcisista del producto artístico-literario.

Este grupo está formado por los artistas que “se amarran” de modo irrevocable a la obra producida, en la espera de un retorno con usura del capital simbólico invertido en la maquinación muchas veces oportunista y cloacal de los signos que conforman su texto creador.

Bajo este paradigma se sitúan aquellos escritores que desean de modo compulsivo y vicario agotar imaginariamente las posibles recepciones de su obra; los que sueñan contemplar discretamente, ocultos tras las tumbas, el escenario luctuoso de su propio enterramiento…

Y ensayo artístico al fin éste “nuestro” escrito, aquí retorna lo que sólo es una fábula…

Aquella del perro narcisista que mirándose reflejado en el agua mansa de un río, se antoja en espejo del trozo de carne que en la boca suspende su compañero cristalino. Conociendo ese final peligroso de la fábula: la corriente del río arrastra la carne del otro… ¡que es la nuestra!, digamos bajo la máscara de un Esopo lacaniano y post-moderno: afirmo el compromiso con el texto en el juego del humor, la pérdida y la herida. Descubro en el reverso del espejo la trama o la escritura del Otro sin clemencia…

Aquel cuerpo simbólico (Lacan) permite, que ahí donde cae la carne de la fábula (esa que en castración y por la letra debe caer), se insinúe lo otro: la cumbre afirmativa del goce interdicto, inagotable, en el “texto sin linderos” del deseo. 

Pienso con Lacan (Kant avec Sade) en el Divino Marqués cuando escribo: la ética de un escritor  se revela por la mayor o menor correspondencia oblicua entre lo que dice y lo que vive, por el empeño en imantar su vida con el núcleo ardiente de su obra.

¡Lo que no implica necesariamente actuar en forma literal y programática lo que de esa obra pudiera representarse en un fingido “fuera de texto” configurado por la escena espectacular del mundo!... Oscura genuflexión frente al Amo Capitalista.

De tal modo, publicar un escrito es patentizar, a través del trabajo semiótico y la escansión de la letra, que la muerte, el goce y la producción de sentido (Sinn), a partir del sinsentido de las “profundidades” (Untersinn), nos atrapan inevitablemente desde “adentro”.

La división “des-apropiante” nos afecta en el punto ciego y central de nuestro ser.

Debemos comprender, con Stéphane Mallarmé y con Fernando Pessoa, que si el sujeto artístico “escribe” y publica su texto, persigue, realiza, consuma, el más auténtico anonimato...

Aquí se alude a un anonimato atravesado y constituido por una socialidad no-mensurable ni codificada, que existe virtualmente más acá del Contrato Social. Anonimato que por su carácter de “espacio potencial” (Winnicott) nos permite el ensayo, la elaboración de nuevas formas de ser y de vinculación creadora con el otro.

Se ha dicho de muy variadas formas: el único suicidio posible se produce tan sólo en la diáspora del lenguaje.

Publicar es entonces, como “dar-a-ver” ritual, arrojar a la “exterioridad” indiferente del mundo el desecho sin espejo que en verdad somos…




Ensayo publicado originalmente en Isla Abierta (diciembre de 1991), suplemento cultural dirigido por Manuel Rueda y perteneciente al periódico Hoy.

Tomado del libro:
Cazador de Agua y otros textos mutantes
(Antología poética personal 1977-2002)
Editora Nacional, 2003, Santo Domingo, R. D.
Páginas 117-122

1 comentario :

irina maribel dijo...

Me encanta este texto, Armando. Lo releo con frecuencia cada vez que busco claridad para continuar mi escritura. Un abrazo :) ♥!