jueves, 11 de noviembre de 2010

La Pulsión de Muerte no es sólo muerte.

Es "vida, muerte"

                                  Sigmund Freud                                     

Por Armando Almánzar Botello


                           
                                                           A Fidel Munnigh, pensador auténtico


Además de lo que hemos escrito recientemente con el propósito de "conversar" -con muy contados y especiales amigos de la "parroquia" intelectual vernácula- en torno al problema de las relaciones entre Principio de Nirvana y Pulsión de Muerte, insistimos con estas breves notas para legitimar quizá un poco más nuestra idea de que no se prosiga concibiendo tal pulsión en su modalidad conceptual meramente termodinámica clásica, es decir, como simple pulsión de (auto)destrucción, entropía y retorno a lo inanimado. Lo reiteramos: no sólo así debemos y podemos teorizarla.

La pulsión de muerte, como decíamos que la concibe Jacques Lacan -principalmente en su Seminario VII, La ética del psicoanálisis-, es también gasto, tensión, esfuerzo, goce de la diferencia e hiperestesia, no simple abocamiento a estados letárgicos, nirvánicos, entrópicos o comatosos.

La pulsión de muerte es un intento de empezar de nuevo después de transgredir ciertos límites. En este sentido es que Lacan reinterpreta el "más allá del principio de placer" de Freud. Concebida de este modo, la pulsión de muerte se constituye en la instancia "creacionista" que posibilita todo proceso de subjetivación-desubjetivación y abre la posibilidad de transformar críticamente la pretensión autárquica de las hegemonías vigentes.

Pasa con ella algo parecido a lo que sucede con el concepto de "lo intensivo" en Kant (ver su Crítica de la razón pura). El grado mayor o menor de concentración de una sensación en un instante es su intensidad. Aquí se llega a la conclusión de que la intensidad se mide en su relación con el cero (0), ya sea que disminuya o aumente el potencial.

La caída (pulsión de muerte) sería el devenir activo de las fuerzas. Gilles Deleuze nos aclara: no hay que concebir la caída en términos puramente termodinámicos clásicos, entrópicos, reductivos. Deleuze diferencia la caída física, espacial, termodinámica, de la caída intensiva kantiana. Esta caída no se produce necesariamente hacia abajo. No es de modo obligatorio "miserabilista". Puede ser una caída "hacia arriba", en el ascenso hacia niveles superiores de fuerza.

¡Caer hacia arriba! "Sólo en la caída se cumplen las presencias", nos dice un poeta.

Esto así, porque todo incremento de fuerza, de tensión, se experimenta fenomenológicamente como una caída (Kant, Lacan, Deleuze). La caída y la pulsión de muerte son el devenir activo de las fuerzas y las pulsiones.

                                  Jacques Lacan                                        

Consideramos que la pulsión de muerte no se encuentra en limpia oposición a una pulsión de vida (que no existe como tal), sino que ella misma, como pulsión de muerte y "abyección sublimada", propone y crea su "propia" neo-territorialidad. Sin que haya una simple coincidentia oppositorum, aquí Eros copula con Tánatos y sin este último -y su potencial de desintegración reorganizadora- no hay posibilidad de renacimiento simbólico para las estructuras psíquicas y sociales. La relación de vendaje entre lo erótico y lo tanático estaría definida por una cópula disyuntiva inclusiva.

Como bien señala Deleuze, lo que importa es el diagrama de fuerzas en el que se traza la línea de fuga. Si esta se constituye, por un lado, en "pura línea fría de abolición y muerte" (por ejemplo, la trayectoria de un avión que se estrella contra las Torres Gemelas; el recorrido de una bomba que cae sobre la ciudad de Bagdad; los alimentos envenenados que van a los labios de niños inocentes), o, por el contrario, se constituye en línea mutante, metamórfica, de polivocidad y vendaje entre energía libre de los procesos primarios del inconsciente y/o energía ligada de los procesos secundarios del sistema preconsciente-consciente.

Ejemplos de esta línea de fuga en su modalidad creativa los tendríamos en el acto de escritura en sentido fuerte, en la creación artística en general, en el encuentro entre los que se aman, en el compromiso político con la justicia y las reivindicaciones sociales con miras a construir espacios para lo que Derrida denomina "la democracia que vendrá".

Podemos decirlo de otro modo más directamente ligado con la filosofía. En lo que Sartre denomina (ver su obra Crítica de la razón dialéctica) totalización-destotalización-retotalización, la destotalización no es una destrucción en bruto, ni un simple afloramiento de la "negatividad pura hegeliana", sino una negación parcial que permite una subsiguiente re-totalización.

Eso lo comprendieron muy bien "sujetos-rizomáticos" (Guattari) de la estrategia creativa "aéreo-subterránea" como Kafka, Joyce, Beckett, Cioran y Bacon (el pintor), para citar "antojadizamente" cinco figuras emblemáticas de la modernidad que se tomaron el trabajo de "decir", activamente y a través de su precisa, parsimoniosa y filigraneada escritura, "el vaciamiento catastrófico de la significación".

Por este motivo, esos cinco artistas-pensadores no deben ser considerados simples representantes del nihilismo occidental. Ni reactivo ni pasivo. La "forma estallada" que utilizan estos creadores como dación de estructura en sus obras no es, como bien señaló Umberto Eco, mera ausencia de forma ni torpe caída inercial en la "empiria accidental" de una pulsión de muerte como agujero negro que se traga a la escritura.

Esa "forma estallada" no es un ruido blanco padecido como a-significante o insignificante, sino el "accidente" elevado a la dignidad de "acontecimiento", la obra perfilando el vacío de la Cosa, el proceso del síntoma contra-efectuándose en sinthome estético. Exploración, experimentación e interpenetración compleja de sentido y sinsentido, de forma y no-forma. He aquí lo informal, o, más bien, aquello que Lyotard, luchando contra la absolutización de la clausura representativa, ilustrativa, figurativa, ilusionista y mimética denomina lo figural.

El verdadero nihilista padece la pulsión de muerte; muere sin obra, en un anonimato de primer grado. El "nihilismo realizado", pleno, es esencialmente incomunicable. No es lo mismo este nihilismo padecido que el "nihilismo consumado" de Nietzsche, como denomina Deleuze al punto de transmutación de la subjetividad en Potencia de Afirmación Selectiva. El discurso nihilista-pasivo absoluto es desconocido, imposible, inefable. Del mismo modo en que -como nos testimonian Primo Levi y Giorgio Agamben- el testigo integral del horror no puede hablar para dar testimonio, porque sencillamente ha sucumbido de un modo radical en el fragor absorto de la catástrofe.

Pero toda auténtica escritura se mide con esta ausencia, con esta imposibilidad y este vacío. Ella se plantea la exploración asintótica del horror. He aquí el problema activo de decir la imposibilidad de decir. Caída intensiva en la escritura.

Pretendemos entonces -por una vía distinta- cribar, cernir la dimensión problemática, ambigua y mixta de la pulsión de muerte. En su crítica al monologismo del poder y a los nuevos discursos del amo, Julia Kristeva nos recuerda lúcidamente: "Hacer pasar la pulsión de muerte al discurso, es la más sólida barrera simbólica contra el retorno de los fascismos".

La pulsión de muerte sería equivalente, en cierto modo, a la inestabilidad y el caos frente a la estabilidad homeostática del Poder Avasallante y su Guerra Preventiva. Derrida observa que los dos primeros conceptos -inestabilidad y caos- representan lo mejor y lo peor, simultáneamente. Lo peor, porque sin estabilidad -macro y/o micro- no hay vida social. Lo mejor, porque inestabilidad y caos permiten la permanente renovación política del contrato social. Esa es también, a nuestro entender, la dimensión aporética de la pulsión de muerte.

La pulsión de muerte freudo-lacaniana no es entonces un simple valor nihilista. Pulsión de muerte no es mera pulsión nihilista de (auto) destrucción, aunque eventualmente pueda encarnar este aspecto. Contra una interpretación banalizante, unidimensional, de este concepto, ofrecida desde hace largos años por los psicoanalistas estadounidenses -Erich Fromm a la cabeza del denominado revisionismo neofreudiano edulcorante-, se levantaron, en sus respectivos momentos, Theodor Adorno y Herbert Marcuse, potentes filósofos de la Escuela de Frankfurt.

Para bien y para mal, ¡la pulsión de muerte sigue viva, actuando en los seres humanos! En el resto descubrimos el reto: abocarnos solidariamente al ejercicio de una práctica creativa, ética, política, transformativa; potenciar la capacidad de transmutar y renovar, desestructurar y reestructurar -de un modo permanente, crítico, múltiple- nuestro estatuto de sujetos vinculados problemáticamente con el discurso y lo social.



Armando Almánzar Botello
Santo Domingo,  República Dominicana
11 de noviembre de 2010

1 comentario :

Elizabeth Quezada dijo...

Nunca mejor dicho...Sigue viva, porque mientras haya humanos, existirá esa pulsión de muerte-vida... Fascinante la cita de Kristeva. Y me encanta tu invitación a mantenerla viva en el discurso.

Un placer leerte.