martes, 7 de julio de 2009

Carta del Cyborg


Por: Armando Almánzar-Botello


Libro y herencia cultural

Dijo memorablemente el poeta en la jubilosa soledad de sus estudios:

“Retirado en la paz de estos desiertos,
Con pocos, pero doctos libros juntos,
Vivo en conversación con los difuntos.
Y escucho con mis ojos a los muertos”.

En este primer cuarteto de aquel soneto entrañable escrito por el gran poeta español Francisco de Quevedo y Villegas, se tocan lúcidamente diversas aristas cortantes, a nuestro entender esenciales, de la relación entre el sujeto del deseo lector y el objeto libro, entendido éste como dispositivo de goce o máquina sutil y numinosa de revelación espiritual. En primer lugar se mencionan la soledad y el retiro, casi similares a la mística ausencia de los monjes de La Tebaida; la paz desértica del alma, la tensa concentración y el necesario recogimiento para establecer con el libro, como espejo de un agua mental privilegiada, un vínculo convincente de real y fértil ahondamiento estético y cognitivo. “Retirado en la paz de estos desiertos…”

En el segundo verso, que dice, “Con pocos pero doctos libros juntos”, el poeta define la dimensión cualitativa de la cultura excelsa, genuina y trascendente. Aquí se valora el carácter selecto y singular de los libros necesarios. En el mundo contingente de los muchos, y a veces demasiados libros, como dice el escritor Gabriel Zaid, no son todas las escrituras las que podemos o debamos leer y degustar. Somos lectores mortales limitados en el tiempo, aunque nuestra voraz pasión bibliofilita quisiera leer y descifrarlo todo en su ingenua vocación de orgullosa infinitud.

Paso ahora al tercer verso del soneto: “Vivo en conversación con los difuntos”. En el mismo, el genial bardo de España nos sugiere lo que el filósofo francés recientemente fallecido, Jacques Derrida, denomina: la dimensión fantasmática de la herencia cultural, el espesor espectral y dialógico del pasado. Es decir que, a través del libro como prótesis y tamiz de la memoria, dialogamos selectivamente con los valores de la tradición y abrimos, en los surcos mismos de lo heredado, la posibilidad de un devenir creador de nuevas formas, la inédita historicidad de los sujetos, nuevos modos de percibir y comprender el mundo.

En el verso final del primer cuarteto del poema, “Y escucho con mis ojos a los muertos”, Quevedo nos habla de una escucha singular del acontecimiento. Aquí, el gran poeta parece aludir a la experiencia audible del ser que permanece en el acto mismo de su disolución y borradura. Fluida permanencia en el espacio de la página, donde el ojo, subordinado a la recepción de la palabra esencial, abandona su papel de ocultamiento de la mirada originaria: aquella que permite la co-apropiación y el diálogo misterioso y creador entre el hombre y lo innombrable, la memoria histórica de una huella anterior a la palabra y la escritura en la fuga abismal y promisoria de lo Abierto.


Libro tangible/libro intangible

El valor táctil, tangible, textural del libro, no comporta ninguna seguridad para el sujeto lector, ninguna estabilidad ontológica de éste, sino que, por el contrario, se constituye en un recordatorio de su posible desfallecimiento subjetivo y su inevitable mortalidad. La “textura” remite a la opacidad intratable de lo real. Esta opacidad, más que un soporte óntico es un abismo de pérdida; y es a partir de dicho sinfondo que se produce la temporalización como flecha o vectorialidad que abre al devenir mortal, creador y destructor del cuerpo libidinal y su juego intercorpóreo (Merleau-Ponty, Lacan, Prigogine). Lo táctil, la textura, la materialidad “carnal” del libro no constituyen ninguna garantía de apropiación o apropiabilidad de éste, a no ser desde el punto de vista de la posesión erógena del cuerpo fetiche. Por lo tanto, expresiones tales como: “ése lo tengo en mi archivo personal; ése lo tengo en mi biblioteca”, pertenecen más bien al registro perverso y contable de catectización de los objetos. Ese registro particular asegura imaginariamente al sujeto lector contra la experiencia de la pérdida, la castración y la muerte.

Es común, en la casuística psicoanalítica, la historia del intelectual o bibliófilo que siempre está padeciendo, sintomáticamente, la supuesta desaparición, pérdida o robo de uno o varios libros de su biblioteca. Esta experiencia puede llegar a extremos que colindan con las modalidades más sorprendentes de lo grotesco y lo ridículo. Así se expresa en estos casos clínicos una singular vivencia de la amenaza y la angustia de castración. Esa vivencia muestra, para quien sepa leerla intersticialmente, la relación narcisista y fálica que dichos sujetos establecen con el libro en su carácter de objeto fantaseado -más allá de su valor cultural objetivo- y elevado por ellos al estatuto de tapón compensador de supuestas o reales minusvalías psíquicas y/o sociales. Un análisis fenomenológico del placer ligado a la lectura y “propiación” del libro tradicional, que permanezca de forma reductora circunscrito a este plano del “ése lo tengo”, o “ése lo perdí”, es a todas luces (¡Oh, Lacan!, ¡Oh, Las Luces!), peligrosamente insuficiente desde el punto de vista psicoanalítico.

La erotización lacaniana del libro, su vertiente de goce supletorio con respecto al simple placer de la tactilidad fetichista, se autorizaría más bien en el horizonte del objeto metonímico “a” en su vertiente de fuga S(A) [1], y no en su aspecto obturador de fantasma S-a [2]. (Resulta oportuno señalar aquí las diferencias existentes entre el concepto derrideano de espectro o fantasma y las categorías psicoanalíticas de fantasma o fantasía. En Derrida, el espectro no pretende la consistencia especular y narcisista del fantasma lacaniano, ni participa de la dimensión de desconocimiento que caracteriza a éste; más bien equivaldría a lo que Lacan concibe como semblante, categoría vinculada a la significación fálica, a la memoria y a la herencia cultural, pero en la que sí se perfila un imborrable reconocimiento de la deflación del yo y la castración del sujeto).

Jacques Lacan (1901-1981)

El libro tangible se diferencia del libro electrónico en que siempre es uno de menos, como definía Don Juan a la mujer en su dimensión suplementaria, más allá del goce fálico. El E-book, por el contrario, es el uno de más que tapona imaginariamente toda falta de información y toda carencia de sentido. Esta modalidad electrónica permite la ilusoria apropiación de la imagen como look de vocación totalizante. Paradójicamente, el libro concreto, tangible, si no es reducido a la relación fetichista y pseudo-teológica de objeto erógeno de apropiación, (táctil, olfativo: háptico) nos aproxima con más vigor que el libro electrónico a la dimensión disolvente, desapropiante y trans-apropiante (Ereignis: acontecimiento) que caracteriza a lo Real del ser en las concepciones postmetafísicas.

La fuerza matérica y textural de la pintura de un artista como Francis Bacon, por ejemplo, no está en el hecho de que su plástica ofrezca una materialidad consistente y estabilizante de la carne, un cierto agarre “sustancial” en la viva carnalidad que nos proyecte fuera del ámbito idealista de la representación del cuerpo armónico y apolíneo. Estriba en algo mucho más radical y complejo: Su texturalidad carnal, figural o neofigurativa, abre a la dimensión desfondada, informe y abismática del cuerpo no regulado por la pregnancia gestáltica de la imagen; conduce a la caída en lo real continuo y dionisíaco, entendido éste como resto no asimilable por los sistemas, espectros y semblantes de la simbolización. Cuerpo sin Órganos. (Artaud, Deleuze, Lacan).
Correlativamente, el libro real cobra valencia fronteriza en tanto que nos recuerda, quizás con más fuerza que la permitida por lo háptico que ofrece la Realidad Virtual inmersiva (en este caso, el Dataglove o guante electrónico de datos), el carácter inevitable de nuestra mortalidad y nuestra incompletud.
La vertiente sensorial y táctil del Barroco, por un lado, -en su condición de arte de la Contrarreforma, tal como es estudiado por Lacan en el Seminario XX- y la categoría deleuziana de Pliegue, por el otro, -entendida como interiorización de una exterioridad radical- dan testimonio de una regulación del alma por la “escopia corporal” (Lacan), que remite a una experiencia háptica de lo abisal, lo desapropiante, la espiral turbulenta, el vértigo, lo inacabado y lo infinito. En el barroco se resalta el aspecto laberíntico y críptico del cuerpo entendido como libro desfondado y a-teológico. Por ello, resulta doblemente irrisoria la relación “teológica fundamentalista” con el libro clásico entendido como obturador estable, sustancial y pacificado, apto para la renegación de la castración. Esa metafísica sustancializante concibe el libro como vía segura y narcisista de apropiación y recentramiento del sujeto escindido. Ella atribuye al yo imaginario del placer contable una “inmortalidad” ilusoria, adulterada, obtenida a través de la posesión del libro fantaseado como fetiche “talismánico y apotropaico”. Por detrás del rechazo al libro virtual y a la cibercultura; en la supuesta valoración erógena de lo táctil, también puede ocultarse una soberbia de teólogos, un olvido de la necesaria despotenciación del sujeto, y el más taimado rechazo a la corporeidad mortal con su dimensión criptográfica de subjetividad fronteriza (Trías).

No debemos olvidar que el objeto libro, como parcial encarnación del objeto metonímico a, (objeto real no especularizable) es en efecto, en el discurso lacaniano, un auténtico desecho. Publication / Poubellication; Publicación / Basurización; categorías conjugadas por el mismo Lacan en su obra. Para él, como para Beckett y Barthes, no sólo el libro es basura, (poubelle) sino que también lo es el intelectual que lo produce y lo posee. (Confirmación en clave “técnica” de aquello que el Poder considera permanentemente válido en clave política. El pensador crítico y el poeta son residuos inasimilables. La excepción a esta regla la constituye el intelectual que “funciona” del modo “políticamente correcto”: al servicio del orden constituido y constituyente).

Traducción, materialidad y vacío.

Roland Barthes (1913-1980)

El libro impreso al modo tradicional, y más aún, los códices antiguos o manuscritos artesanales, son recordatorios palpables de lo que Heidegger denomina lo terrestre: emergencias de lo informe que suspenden la palabra en la consciencia puntual e ineludible de la cesación del ser.

Como señaló atinadamente Roland Barthes en múltiples zonas de su obra, en el manuscrito se manifiesta de un modo más intensivo que en lo impreso la dimensión corporal y pulsional del texto, no sólo en el plano de la mera escripción como trazo caligráfico –lo que a veces no resulta tan banal y evidente como podría suponerse- sino en el registro semántico mismo, en la imbricación del goce y la letra, en la articulación del sentido y lo real de la carne. Un texto manuscrito y luego transcrito al registro tipográfico, participa de un régimen fantasmático, simbólico y real diferente al de uno escrito de modo directo a máquina u ordenador.

La dificultad sería la de cómo hacer pasar, sin necesidad de manuscribir, la riqueza del cuerpo libidinal del sujeto de la escritura al cuerpo erógeno encarnado en el texto tipográfico, con la doble vertiente visual y semántica de éste.

O considerando de otro modo la cuestión, el problema podría consistir en cómo hacer permeable lo virtual a lo real mediante la dimensión litoral de la letra lacaniana en sus múltiples variantes.

¿Se requieren para ello signos suplementarios, posibilidades escriturales y estilísticas adicionales? Insisto en la pregunta a riesgo de parecer reiterativo: ¿Participa un texto directamente escrito a máquina u ordenador de la misma frondosidad semántica y libidinal que la ofrecida al receptor por el texto oral o manuscrito?

Algo indecible se pierde y algo innombrable se gana, simultáneamente, en todo proceso simple o complejo de traducción. Sí, de traducción, porque de traducción se trata en la serie de transcripciones de la foné logocéntrica propia de la oralidad al campo del trazo manuscrito; de éste a la escritura tipográfica, y luego a la dimensión virtual, electrónica u holográfica de la letra.

Existen dos palabras japonesas que expresan el carácter poético desapropiante y casi místico del objeto artesanal y/o artístico en su rusticidad fronteriza: wabi (pobreza) y sabi (imperfección voluntaria). En este horizonte del espíritu podrían inscribirse los valores sensoriales y sensuales que nos permiten apreciar la vigencia permanente del manuscrito y el libro impreso al modo tradicional: formas erógenas de la cultura que testimonian como “soportes” el paso del tiempo, reflejando o condensando el vacío. Esas formas nos recuerdan el precario sentido y la vulnerable leyenda del ser, en cuanto éste acusa de modo permanente su radical fragilidad y su siempre posible anonadamiento.

Semiosfera híbrida.

http://www.larrycarlson.com/supreme_om/

Larry Carlson, "Dream Power"

Frente a esta forma, digamos clásica, de entender el ámbito propio del libro y su cierta clausura histórica, esa forma que Walter Benjamin y Marshall McLuhan designarían, conjugadamente, como dimensión aurática y prestigiosa de la Galaxia Gutenberg, se levanta hoy, con fuerza descomunal y en apariencia incontrolable, otro universo cultural constituido por la imagen de síntesis y lo audiovisual protésico. Ese universo, lo podríamos denominar avasallante, abrumador, ambiguo, inquietantemente familiar y extraño, y resulta muchas veces irrisorio en su vacua desmesura. Él reclama también con urgencia nuestra atención y total entrega. Demanda, irónicamente, nuestra plena disponibilidad como sujetos, del mismo modo en que lo hacía la idea absoluta en el reino del “ontos on” o las esencias platónicas.

Sin todavía ofrecer plenamente las posibilidades significantes que le serían propias, este nuevo régimen digital-semiótico, audiovisual protésico y sintético, parece haber logrado casi ahogarnos en la banalidad y en los valores reactivos de una visión instrumental y light de la existencia. La televisión por cable, la Internet, el vídeo, el cine comercial de efectos especiales, el CD-rom, la realidad virtual inmersiva o no-inmersiva y el llamado libro electrónico, parecen competir con el libro impreso tradicional, y en ocasiones, hasta parece que pretenden desplazarlo, trastornando con ello el relativo equilibrio ecológico-cultural anteriormente operante en el seno de la Galaxia Gutenberg.
¿Qué futuro tiene el libro impreso al modo tradicional ante esta pujanza de los nuevos medios audiovisuales de comunicación? ¿Desaparecerá tal como hasta ahora lo conocemos? ¿Deberíamos continuar utilizando el papel de celulosa como el material más idóneo para fabricar libros al modo tradicional, si tomáramos en cuenta los problemas de deforestación, sostenibilidad ecológica y sustentabilidad económica de la industria del libro?

¿Es posible redefinir un cierto equilibrio en la semiosfera –al margen de la metafísica logocéntrica- que permita una fructífera cohabitación del homo loquens (hombre que lee libros impresos, decodifica los mensajes alfabéticos, piensa críticamente y dialoga de modo activo) y el homo videns (hombre centrado en el registro sensorial de la visión y en el consumo sistemático y sintomático de imágenes), según la doble categorización de G. Sartori?

¿Es negativa per se la experiencia de lo audiovisual sintético y protésico, o las nuevas potencialidades significantes que ella entraña abren, por el contrario, la posibilidad de una nueva y más afinada comprensión de la naturaleza holística y compleja de la cultura?

¿Podrá producirse la integración y el mutuo reforzamiento de aquellos dos grandes conceptos fenomenológicos que el pensador y crítico inglés Herbert Read denomina lo háptico (ligado en este caso a los valores táctiles del libro tangible en su forma tradicional), y lo óptico (definido aquí como territorio de la visión, de la pura transparencia y su intangibilidad virtual, obliterante de la mirada como mancha)?

¿Es posible preservar el libro en el seno de una cultura multidimensional y multisensorial que conjugue y potencie lo mejor de los diversos regímenes semióticos?

Vislumbramos un futuro en el que la complejidad de una semiosfera híbrida, mixta, permita un espectro semiótico que conjugue el libro tradicional y la telepatía nano-robótica, lo real y lo virtual, la viva voz platónica y la escritura artaudiana en alta voz. Soñamos con un juego indecidible e indiscernible entre la letra sin azogue y el goce lacaniano, lo humano y lo inhumano, el metal y la carne, el virgo y la verga, las todavía casi impensables biotecnologías telemáticas del cyborg y la carta de a(l)mor
[3] manuscrita. Todo ello, debemos resaltarlo, sin ceder a la fascinación producida por la fantasía tecnofílica, bio-ciberimperial y financiera; esa que los niños tunantes del poder encanallado aún denominan: “inmortalidad inmanente post-humana”: ensoñación catártica, ascensional y uraniana; torpor autista del ánima sin aisthéton.

Armando Almánzar Botello
Santo Domingo, Septiembre 2006

Apéndice publicado en el libro Francis Bacon, vuelve. Slaughterhouse’s Crucifixion. San Francisco de Macorís: Ángeles de Fierro, 2007.

Publicado virtualmente en el blog de Pedro Granados, escritor peruano, como “El libro para Armando Almánzar-Botello, pasmoso erudito del presente”. (27 de junio, 2008).

Notas

[1] Significante del Otro barrado o significante de la falta en el Otro.
[2] Sujeto tachado o barrado, losange objeto pequeño “a”.
[3] Concepto lacaniano que entrelaza alma y amor en una sensibilidad barroca.

Jurídicamente culpable y humorísticamente inocente

sábado 16 de mayo de 2009


Alfredo Bryce Echenique



Por: Armando Almánzar-Botello




El tema de los "plagios" atribuidos a Don Alfredo Bryce Echenique  no puede ser analizado tan sólo desde el punto de vista convencional entendiéndolos como meras violaciones a los derechos de propiedad intelectual.

Se impone una pregunta de rigor: ¿Qué necesidad puede tener un escritor que ha producido obras de la dimensión de Un mundo para Julius, Tantas veces Pedro, Las obras infames de Pancho Marambio, El huerto de mi amada -por sólo citar cuatro obras de gran peso específico en la literatura hispanoamericana contemporánea-, de "plagiar" una serie de artículos periodísticos cuya heterogeneidad temática mueve a la risa al recordarnos un catálogo de lectura propio del utillaje hermenéutico de Bouvard y Pécuchet?

Descartada la hipótesis trivial de que el problema está zanjado con decir que Bryce padece “simplemente” de una suerte de cleptomanía intelectual (entidad nosográfica registrada desde hace largos años por la clínica psiquiátrica y psicoanalítica), pienso que se hace urgente, por razones heurísticas y humorísticas (¡el chiste y su relación con lo inconsciente!), apuntar en otro sentido para intentar la explicación de tan inmutable y onerosa "desfachatez" literaria.

No negaremos la importancia que revisten categorías psicoanalíticas lacanianas tales como síntoma y sínthoma, para hacernos inteligible el caso de Bryce. Es decir, para permitirnos la intelección de lo que sería desprender, aislar, construir el acontecimiento-sentido en la escritura, como obra humorística lograda, ficción supletoria del Nombre-Del-Padre o chiste sostenido para “la parroquia”, a partir de la economía libidinal prisionera del síntoma cleptomaníaco en su condición de accidente padecido por el sujeto imposibilitado para ligar, con la Metáfora-Paterna, los tres redondeles del Nudo Borromeo (Real, Simbólico, Imaginario).

La obra de ficción de Bryce sería el juego paródico y humorístico que funcionaría en calidad de suplencia lograda (sínthoma que hace lazo social), para una Forclusión del Nombre-Del-Padre cuyo intento fallido de restitución estaría representado por el “plagio”, como simple síntoma o intento de apropiación fantasmática de insignias y rasgos del Ideal-del-Yo. Aquí operaría una cierta lectura contaminante entre Lacan y Deleuze. Por ahora caminamos en otra dirección, menos ardua.

Sin dejar de tener como telón de fondo la problemática analítica que hemos esbozado, entendemos que en su vertiente lograda del sínthoma, Bryce nos está diciendo que vivimos en el universo de las copias, donde el valor de lo singular es patrimonio de unos pocos, (que no son todos los que están, ni están todos los que son: ¡Ay, Enriquillo Sánchez!, desaparecido lucero de estos Lares), donde la celeridad mediática para transmitir información, conocimientos o banalidad light, hace que aquello creído como "propio" sea machos veces, mechas veces, michas veces, mochas veces, muchas veces, un simple ensamblaje de fragmentos "desoriginados" (Barthes), procedentes de otros territorios textuales.

En el zeitgeist post-moderno la escritura citativa, humorística, intertextual, paragramática, polifónica, palimpséstica, ha modificado radicalmente el estatuto del plagio. Barthes decía el “estatuto de la cita”.

Pedro Henríquez Ureña, nuestro "santo laico", incapaz de cometer este tipo de "fechorías intelectuales" colindantes con el robo y la usurpación de identidades, decía, sin embargo, que el creador tiene derecho a tomar prestado, a utilizar materiales extraños al suspenso vital de su obra en curso; tiene derecho, según Henríquez Ureña, hasta a saquear las obras de los demás, pero sólo si cumple con una condición imprescindible que autorizaría el hurto: transformar radicalmente el material recibido hasta el punto de imprimirle otro decurso en su ritmo-sentido que implique una redescripción de la propia tradición en la que se inserta. (Ver los escritos filológicos y filosóficos de nuestro Gran Maestro).

En el caso de Bryce Echenique, no hay transformación de los materiales recibidos sino mera transcripción literal de los mismos. En este sentido podríamos argumentar que existe plagio, en el sentido vergonzante que ha adoptado esta palabra a partir de cierto momento histórico en el desenvolvimiento de la literatura occidental. (En la Antigüedad y en la Edad Media, por ejemplo, no existía el concepto de plagio en su acepción semántica actual).

Pero es preciso resaltar que Bryce no "hurta" regularmente obras de ficción, sino simples artículos periodísticos o académicos que casi siempre son mera reproducción inerte de ideas que forman parte del clima espiritual de nuestra época, de una especie de atmósfera de conciencia colectiva contemporánea.

Con ello, Bryce está sacando de su gris anonimato a ciertos cagatintas (no todos), que en lugar de vanidosamente denunciarlo como plagiario, deberían agradecerle al gran escritor peruano sus esfuerzos por inmortalizarlos.

Por otro lado, y lamentablemente -para muchos “odiadores” del autor que nos ocupa-, la obra creativo-transformativa de Bryce permanece libre de toda sospecha de plagio, por lo menos en el sentido que permitió someterlo a la acción judicial.

A "mi" entender, Bryce es un humorista en la tradición de Swift, Chesterton y el non-sense británico. Un ostentador paródico-satírico, además, de ciertas aristas propias de la histeria genial de Flaubert.

Después de Bryce escudarse -ante las primeras acusaciones de plagio-, en su declaración de que "toda la culpa era de su secretaria, por esta haber confundido ciertos papeles en la oficina", llega el momento en que se siente "acorralado" por el peso de las evidencias aportadas por los demandantes, y declara al fin: "¡MI SECRETARIA SOY YO!".

Confesión de su responsabilidad en la comisión de los hechos que se le imputaban (desde el punto de vista jurídico-moral), pero en realidad, chiste genial, boutade de altos quilates para "ojos que saben traspasar adornos y atavíos".

Estamos frente a la variante postmoderna del flaubertiano "¡Madame Bovary soy yo!"... declaración provocadora por medio de la cual Flaubert, en pleno falocratismo del siglo XIX, reivindica a la mujer como espacio transgresivo de la des-apropiación.

¡Cuánta gracia y acierto los de Bryce para descalificar los escritos "propios" de los gacetilleros y pseudo-ensayistas actuales que nunca cesan en el pegoteo semántico de sus inepcias, en la roma reproducción de ideologemas y culturemas que, en medios huérfanos de tradición cultural consistente como el nuestro, pasan por ideas originales, "personalísimas" y brillantes... ¡Si por lo menos tuvieran el decoro del "estilo"!...

Aunque en el caso de Bryce, el hurto de baratijas también puede interpretarse como un homenaje a la bisutería de tocador que tanto amamos, y a los viejos "prenderos italianos que tanto padecimos...y padecemos". ¡Oh, Madame Bovary, ora pro nobis peccatoribus!

Existen dos tipos de actitudes ante el acto de escritura, decía "yo" hace largos años -y me perdonan, amigos, la inmodestia de citar-"me" a mí mismo (dudo siempre de este mí-mismo): la que consiste en borrar el resplandor del gesto y hurtar a la luz pública una real escritura transformativa, negándose el autor sintomáticamente a publicar lo ya escrito -con el riesgo de que interlocutores "apresurados" le tomen la delantera-, y la de aquellos cleptómanos que publican permanentemente sin haber escrito casi nunca de modo efectivamente textual-transformativo.

Mi(star) sí-mismo, parti(o)cularmente, me incluye en esta última categoría: No considera a mi Yo su maestro, ¡Je!... ¿Moi?... Corresponde a la crítica, dentro de "cincuenta" años, señalar cuáles obras entran en una u otra estrategia discursiva. ¡Por ahí se escucha el rumor de sonorosos ríos de tinta!

En fin, queridos hermanos, podéis iros en paz. Que la gracia del Señor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre "vuestra escritura".

El que desee, -¡menos Bryce!-, puede apropiarse de estas simples notas o apuntes. Lo excluyo a él en particular, para "yo" no correr el albur monstruoso de la inmortalidad.

Vean ustedes: ¡Cierro con la variante "alman-sa(h)ariana" de un lugar común, ya patrimonio del desierto humano!: Borges.

Si el estilo es (soy) el hombre, la mujer sería (se haría) Madame Bovary, el goce innombrable y sinuoso de la escritura. ¡Mi secretaria soy yo!

Enredo Brisa Hacenoche

El Nuevo Madrid, Agosto 8 del 2059

¡Eureka! (POEMA ENSAYADO)


domingo 10 de mayo de 2009


                 Jean Tinguely, Eureka. Escultura Cinética.1964              
Por Armando Almánzar Botello


A: Jorge Portilla
Jacques Lacan
Jean Tinguely



A Luis O. Brea Franco, 
fervoroso amante de la belleza clásica.




Una cierta petulancia consiste en la seguridad metafísica de lo propio.
Muy otra voluntad insiste en afirmar la vibración del nervio/

el rizo

la risa

el rezo

el desafío del humor filoso/

el roce riesgoso en el juego del texto  
-veloz impropio amoroso- el goce que salta,
galopa
en el (ga)sapo imprevisto

presuroso/

asumido y presumido en su sed vertiginosa: se-ducción del agua que corre

transcurre

¡hasta la semántica fatalidad del semáforo!

Sólo bordeando con plomada el orificio,

su abismo,

su imposible y su carencia,

trágico el humor nos salvaría de la guerra final y de la peste.

Sólo bardos barbados bordeando en la escritura

los cráteres de vulvas iracundas/

escuchando en el temblor la verdad del agujero/

podrán salvar la tierra del desastre/

embocar la profecía y la trompeta...

Vivir el mundo actual: desajustado/

informe/ nos impone ciertamente sobrevolar el desconcierto...

El humor es una suerte de generoso egoísmo: pretende concentrar el infinito en una frase

-quizá en holofrase, tal vez en una letra-,

para ofrecerlo de pronto en los labios del instante.

Pero el intento siempre falla y deja un resto inabordable.

Conexión de interrupciones. Puente frágil que persiste. Secuencia que el Otro ha llamado: continuidad que se desgarra, travesía de la huella, ceniza, collar y paloma/

seriatura, cruel rizoma/

erion o vellocino/ corte y sutura que enlaza discurso, chiste, inconsciente/

locura, amor y poema...

El que chotea chatea in vino veritas: ¡mente!

Ello miente y lo proclama. En el error tropieza y mal-dice. Falsifica y lo bien-dice. Sabe (des)ajustarse al chato, al cuenco, al recuento

a la cuenta, al contexto, al banquete

al discurso y a los semblantes. No debe desbordar ciego la precisa economía de elipsis, ni perder la vigilancia, el tino, el hilo rojo del trance.

Camina hacia lo imposible. ¡Danza!... Eso habla borracho en lo dicho

claroscuro y falsedad cierta... Olivo a Oliverio Girondo, un veraz que gira hondo. Salivo de alivio a la vera del fondo: la verdad se desmadeja
cae toda en el sinfondo...

Si a este modo el que dice no lo hace,
el exceso, el goce, el don,
el equívoco lúdico-mágico y el ritual de las palabras
naufragio serán y espectáculo -financiero, insípido, yerto-
reglado por la doxa más chata y sus inicuos atractores velados...

Más allá de las oposiciones caníbales adentro/ afuera,
privado/ público, el humor es la locura del don como secreto poema irreductible.
No es simple rel-ajo, ¡carajo!, es callejera coreografía indescrita, ilegible, incógnita, críptica: más que rel-ajo, tens-ajo/
navaja, tasajo, pasaje
tatuaje indeleble y viaje; condimento con ajo de abajo
no tasado por ojo de arriba/
campana verbal de tenso badajo
que ofrece sonido unido a sentido. Danzar de sentidos con reloj y medida: barrada guarida de loco infinito
que goce a goce brota
gota a gota mana
de la Razón herida
de la palabra rota...

Para dar sinsentido, humor, poesía, es preciso sentir y soltar el sentido.
Hacer el intento de alcanzar y medir(se con) la cosa real,
lo vacío imposible: ¡empresa fallida! Así loco y herido de muerte
el chiste sangrante da vida...

¡Oh la risa inaudita, inaudible!
Secreta carcajada en abismo,
reservada tan sólo para el dios escondido, para oídos que danzan el fragor de la ausencia.
¡Oh la risa del feto, oh el olvido que piensa!...

Santidad y amor son chistes orientados/
arduos juegos de humor/
misterios dirigidos. Y Alguien dijo la flor del ciruelo que siente/
arroja de su hambre tinieblas a tu cuerpo...
¡Oh broma sostenida!
Su mano es pez de bruma que persigue transparencia...

Hablando la verdad ahora en euskera: ¡Salta un chiste del pe(s)cado en la chistera!: Keaton, Beckett, Chaplin: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡No hay aquí blasfemia!: a fe mía que la culpa es de Pascal.

¡El Universo es la broma de Nadie
vacía de sonido y de furia!


© Armando Almánzar Botello
   Diciembre de 2008


                                                                             
Santo Domingo, República Dominicana.